martes, 9 de septiembre de 2014

CAPITÁN BETO…. “SE HUNDE EL BARCO”


Todos sabíamos que, cuando Roberto Torres Gonzales (RTG) fue elegido alcalde, su conocimiento de la administración pública era muy pobre. Su padre lo había dejado, al igual que a sus hermanos, para que vean el negocio de su empresa de transportes.  Dicen los que lo conocieron en  esa época, que la irresponsabilidad e informalidad eran los cauces en los que se movían sus actos empresariales.  Total, en el Perú, muchos de los que tienen éxito, deben contar con esas “habilidades”.

Kike Salazar, el ex gerente del PEOT, me contó en una oportunidad que el papá del alcalde chiclayano fue a conversar en alguna vez con él: “Don Kike, yo quiero que mi Beto sea congresista. ¿Cuánto hay que pagar?” le dijo, al saber que Wilmer Rengifo estaba en el Congreso y que su familia había colaborado con Perú Posible, para que lo incluyeran en la lista. Kike le dijo, que el tema no solo pasaba por la plata, sino que debía demostrar ciertas condiciones. Don Víctor Torres quiso dejarle un dinero a Kike, que éste rechazó diciéndole: “hágalo congresista don Kike, o por último alcalde”.

Al rechazar la propuesta, Kike nunca se imaginó que la firme decisión del padre de hacer de su hijo un político iba a seguir adelante. Es de imaginarse las conversaciones en casa de los Torres Gonzáles. “Si tú no eres congresista, serás alcalde de Chiclayo” de seguro habría dicho don Víctor, sentado con sus hijos alrededor de la mesa de comedor. “Pero apá, yo no sé nada de política. Déjeme a cargo de los ómnibuses” habría sido la respuesta de Beto, tan acostumbrado a pegarse cada perdida, que no quería verse metido en temas que hubiesen limitado sus diversiones.

“Carajo, he dicho que tú vas a ser alcalde y lo vas a ser” la voz enérgica del patriarca retumbaba, mientras mamá Emma permanecía en silencio, mirando con ternura a su Beto. “Pero apá” trataba de retrucar Beto. RTG no tenía partido ni movimiento que lo respaldara, pero su papá tenía dinero y quería gastarlo en su hijo. Entonces como suele pasar, aparecieron los asesores, los nuevos amigos, los experimentados y los aprovechadores. Beto empezaba a soñar en la alcaldía, aunque sus otras distracciones, lo atraían como la miel a las moscas.

En las primeras elecciones que participó, perdió frente a Castillo Chirinos. Algunos de sus allegados pensaron que iba a tirar la toalla. No era un buen orador. No tenía una ideología política definida y además, le gustaba la noche. Pero según me contaron, el papá Víctor no estaba dispuesto a que su hijo abandonara la idea de ser alcalde de Chiclayo. Así que le dijo: “te me vas preparando, porque vas a seguir siendo candidato, con las manos limpias o con las manos sucias, pero  vas a ser alcalde”.

Y Beto insistió. Y cuando, en Setiembre del 2006 el “espíritu santo” decidió incendiar el Palacio Municipal, Beto era ya un personaje conocido. Alguna vez y ante una huelga de los obreros municipales, les donó una vaca para que hagan  una olla común. Lo insólito de la donación es que llevó el animal caminando en sus cuatro patas, con la idea de convertir la pérgola de nuestro parque principal, en un camal informal. La policía no lo dejo, pero la cobertura mediática fue beneficiosa para él.

Cuando en el 2007, asume la Alcaldía, comenzaron las primeras muestras que íbamos a tener una autoridad muy singular. La juramentación la hizo en el Parque Principal y una ausencia visible, fue la de su esposa, madre de sus tres hijos. Poca conocida en los ámbitos políticos. Alguien dijo que su ausencia se debía a un mal estado de salud, pero al parecer ya  la relación matrimonial estaba en agonía. Una de sus hermanas, Bertha, tuvo que asumir la presidencia del hoy inexistente “Comité de Damas”, hasta que se accidentó y se alejó.

Beto, como Cristo en la cruz, tuvo en los inicios de su gestión a dos asesores que le hablaban al oído. Tito Estévez Torres, su gerente general y Carlos Gonzáles García, regidor de la comuna y además su primo hermano. Nada llegaba a conocimiento del alcalde, si antes no era revisado por alguno de ellos. Hasta que explotó la licitación de alimentos para los Comedores Populares, que terminó con dos funcionarios importantes de la administración Torres en el penal de Picsi. Rocky Serquén y Nerio Villareal, sub gerente de logística y gerente de administración, respectivamente.

Dicen que Beto le tomó ojeriza a Tito Estévez, porque éste, para darle total limpieza y transparencia a la licitación, había dispuesto que se filmara la misma.  Por ese vídeo que Estévez dispuso se le diera a la Fiscalía, cae Serquén. Y luego, cae Villareal. Sentenciados a varios años de cárcel, el primo hermano Gonzáles García declaró: “los condenados estarían encubriendo a los verdaderos autores intelectuales de este caso. No han actuado solos. Acataban disposiciones de sus superiores. Se han sacrificado por otros”.

Sin duda, Gonzáles le había declarado la guerra a su primo hermano. “Ingrato. Mal agradecido” decían algunos seguidores de Torres al referirse al regidor.  Y tomó distancia, tanta distancia, que una de las denuncias que le hizo a su primo hermano, originó que el Fiscal Esdras Sánchez esté pidiendo 30 años de cárcel para el alcalde. Con familiares así, ¿para qué quiere uno enemigos? Lo cierto es que, el alcalde nunca respondió golpe con golpe. Parece que la idea del concepto de familia en Beto, estaba más acentuada que en el primo, hoy candidato por el apra, para ser nuevamente regidor.

Fuera del entorno del alcalde (Estévez y Gonzáles) apareció la “guardia pretoriana” que había estado esperando una oportunidad. Y, entonces, aquellos jóvenes abogados que fueran convocados por José Barrueto, cuando fue alcalde, comenzaron a actuar. Casi siempre en las sombras. Martín Villanueva Velezmoro es uno de ellos, al decir de muchos, el “pensante”, el que, con sus contactos en el Ministerio Público, logró el archivo de muchas de las denuncias que caían sobre el alcalde. No le gustan ni las entrevistas ni las fotos. Dicen que  él y su familia, son propietarios de varias custers y combis que hacen la ruta Chiclayo-Saña-Cayaltí. Dicen. Martín es el general de división de los pretorianos y sus decisiones son ordenanzas municipales no oficiales, pero de estricto cumplimiento.

Otro de los pretorianos, es Percy Quesquén Díaz, quien fuera jefe del SATCh y que actualmente, está cumpliendo su cuota de “inmolación” en EPSEL. Dejó el cargo de asesor legal de la MPCh, con un sueldo de casi s/4,000 mensuales, para ir a recibir dos dietas de 700 soles cada una, como presidente del directorio. No se le conoce ejercicio cotidiano de su profesión. Hoy, estudia una segunda maestría, con la esperanza de quedarse tres años más en EPSEL, de acuerdo a la nueva disposición legal sobre las empresas de saneamiento.

Otro es Jorge Incháustegui, el arquitecto que, sin cumplir con el perfil, fue jefe del SATCH, realizando una tarea, para muchos aceptable. Fue presidente de la comisión que elaboró el catastro de la ciudad, donde se gastó más de dos millones de soles, con resultados poco positivos. Fue gerente de infraestructura, una verdadera “Cueva de Ali Babá”, y según los memoriosos, con él empieza el “boom” de los edificios de varios pisos en nuestra ciudad, que no respetaban parámetros, pero que contaban con aprobaciones a alto nivel que los blindaban. Al “Chino” Incháustegui, lo empezaron a cuestionar en varios medios radiales y una de las más famosas expresiones la acuñó Tito Ñopo: “Chino Incháustegui, ¿dónde está la camioneta?” en alusión a algunos vehículos, que se decía, eran propiedad del Chino  y que trabajaban en una minera en Cajamarca.

Otros pretorianos son, sin duda, José Bocanegra actual gerente de administración del SATCh, a quien silenciaron por decir que se iba a construir un edificio moderno de cinco pisos con todas las comodidades, incluso con sótano, a solo cinco millones de soles, muy por debajo de los tres millones de dólares que pagaron por el viejo local de la Mutual Chiclayo.  César Regalado Rodríguez, abogado que fuera también jefe del SATCh y que hoy es un supergerente. Lo es de la MPCH, de la Sociedad de Beneficencia Pública. Preside la Comisión del Terminal Terrestre y  “secreto a voces”, es el mandamás del SATCh.  Un verdadero pulpo.

También hay que mencionar a Carlos Santa Cruz, el “Mark Zuckerberg” de la MPCh, por las cuentas que, según se dice, suele crear en Facebook para atacar a sus adversarios y a los del alcalde. Ha renunciado “N” veces, pero siempre vuelve. Otro es  Carlos Mendoza, el “Chómpiras” de la gestión, que viene dando la cara y haciendo suyo todas las irregularidades constructivas de la gestión.

Sin embargo, y a pesar de sus esfuerzos y sacrificios, parece que el sendero por donde transitaban cómodamente, se está cerrando. Y ya, me dicen, empiezan a escucharse algunas voces, entre las que destaca una que ha dicho: CAPITÁN BETO…. “SE HUNDE EL BARCO”.                                                                                         

        

   

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