Todos
sabíamos que, cuando Roberto Torres Gonzales (RTG) fue elegido alcalde, su
conocimiento de la administración pública era muy pobre. Su padre lo había
dejado, al igual que a sus hermanos, para que vean el negocio de su empresa de
transportes. Dicen los que lo conocieron en
esa época, que la irresponsabilidad e informalidad eran los cauces en
los que se movían sus actos empresariales.
Total, en el Perú, muchos de los que tienen éxito, deben contar con esas
“habilidades”.
Kike Salazar, el ex gerente del PEOT, me contó en una oportunidad
que el papá del alcalde chiclayano fue a conversar en alguna vez con él: “Don Kike, yo quiero que mi Beto sea
congresista. ¿Cuánto hay que pagar?” le dijo, al saber que Wilmer Rengifo estaba en el Congreso y que su familia había
colaborado con Perú Posible, para que lo incluyeran en la lista. Kike le dijo,
que el tema no solo pasaba por la plata, sino que debía demostrar ciertas
condiciones. Don Víctor Torres quiso dejarle un dinero a Kike, que éste rechazó
diciéndole: “hágalo congresista don
Kike, o por último alcalde”.
Al
rechazar la propuesta, Kike nunca se imaginó que la firme decisión del padre de
hacer de su hijo un político iba a seguir adelante. Es de imaginarse las
conversaciones en casa de los Torres Gonzáles. “Si tú no eres congresista, serás alcalde de Chiclayo” de seguro
habría dicho don Víctor, sentado con sus hijos alrededor de la mesa de comedor.
“Pero apá, yo no sé nada de política.
Déjeme a cargo de los ómnibuses” habría sido la respuesta de Beto, tan
acostumbrado a pegarse cada perdida, que no quería verse metido en temas que
hubiesen limitado sus diversiones.
“Carajo, he dicho que tú vas a ser
alcalde y lo vas a ser” la voz
enérgica del patriarca retumbaba, mientras mamá
Emma permanecía en silencio, mirando con ternura a su Beto. “Pero apá” trataba de retrucar Beto. RTG
no tenía partido ni movimiento que lo respaldara, pero su papá tenía dinero y
quería gastarlo en su hijo. Entonces como suele pasar, aparecieron los
asesores, los nuevos amigos, los experimentados y los aprovechadores. Beto empezaba
a soñar en la alcaldía, aunque sus otras distracciones, lo atraían como la miel
a las moscas.
En
las primeras elecciones que participó, perdió frente a Castillo Chirinos.
Algunos de sus allegados pensaron que iba a tirar la toalla. No era un buen orador. No tenía una ideología política definida y
además, le gustaba la noche. Pero según me contaron, el papá Víctor no
estaba dispuesto a que su hijo abandonara la idea de ser alcalde de Chiclayo.
Así que le dijo: “te me vas preparando,
porque vas a seguir siendo candidato, con las manos limpias o con las manos
sucias, pero vas a ser alcalde”.
Y
Beto insistió. Y cuando, en Setiembre del 2006 el “espíritu santo” decidió incendiar el Palacio Municipal, Beto era
ya un personaje conocido. Alguna vez y ante una huelga de los obreros
municipales, les donó una vaca para que hagan una olla común. Lo insólito de la donación es que llevó el animal caminando en sus
cuatro patas, con la idea de convertir la pérgola de nuestro parque principal,
en un camal informal. La policía no lo dejo, pero la cobertura mediática
fue beneficiosa para él.
Cuando
en el 2007, asume la Alcaldía, comenzaron las primeras muestras que íbamos a
tener una autoridad muy singular. La
juramentación la hizo en el Parque Principal y una ausencia visible, fue la de
su esposa, madre de sus tres hijos. Poca conocida en los ámbitos políticos.
Alguien dijo que su ausencia se debía a un mal estado de salud, pero al parecer
ya la relación matrimonial estaba en
agonía. Una de sus hermanas, Bertha, tuvo
que asumir la presidencia del hoy inexistente “Comité de Damas”, hasta que se
accidentó y se alejó.
Beto,
como Cristo en la cruz, tuvo en los inicios de su gestión a dos asesores que le
hablaban al oído. Tito Estévez Torres,
su gerente general y Carlos Gonzáles García, regidor de la comuna y además su
primo hermano. Nada llegaba a conocimiento del alcalde, si antes no era
revisado por alguno de ellos. Hasta que explotó la licitación de alimentos para
los Comedores Populares, que terminó con dos funcionarios importantes de la
administración Torres en el penal de Picsi. Rocky Serquén y Nerio Villareal, sub gerente de logística y gerente de administración,
respectivamente.
Dicen
que Beto le tomó ojeriza a Tito Estévez, porque éste, para darle total limpieza
y transparencia a la licitación, había dispuesto que se filmara la misma.
Por ese vídeo que Estévez dispuso se le diera a la Fiscalía, cae
Serquén. Y luego, cae Villareal. Sentenciados a varios años de cárcel, el
primo hermano Gonzáles García declaró: “los
condenados estarían encubriendo a los verdaderos autores intelectuales de este
caso. No han actuado solos. Acataban disposiciones de sus superiores. Se han
sacrificado por otros”.
Sin
duda, Gonzáles le había declarado la guerra a su primo hermano. “Ingrato. Mal agradecido” decían
algunos seguidores de Torres al referirse al regidor. Y tomó distancia, tanta distancia, que una de
las denuncias que le hizo a su primo hermano, originó que el Fiscal Esdras
Sánchez esté pidiendo 30 años de cárcel para el alcalde. Con familiares así, ¿para
qué quiere uno enemigos? Lo cierto es que, el alcalde nunca respondió golpe con
golpe. Parece que la idea del concepto de familia en Beto, estaba más acentuada
que en el primo, hoy candidato por el apra, para ser nuevamente regidor.
Fuera
del entorno del alcalde (Estévez y Gonzáles) apareció la “guardia pretoriana” que había estado esperando una oportunidad. Y,
entonces, aquellos jóvenes abogados que fueran convocados por José Barrueto, cuando fue alcalde,
comenzaron a actuar. Casi siempre en las sombras. Martín Villanueva Velezmoro es uno de ellos, al decir de muchos, el
“pensante”, el que, con sus
contactos en el Ministerio Público, logró el archivo de muchas de las denuncias
que caían sobre el alcalde. No le gustan ni las entrevistas ni las fotos. Dicen
que él y su familia, son propietarios de
varias custers y combis que hacen la ruta Chiclayo-Saña-Cayaltí. Dicen. Martín es el general de división de los
pretorianos y sus decisiones son ordenanzas municipales no oficiales, pero de
estricto cumplimiento.
Otro
de los pretorianos, es Percy Quesquén
Díaz, quien fuera jefe del SATCh y que actualmente, está cumpliendo su
cuota de “inmolación” en EPSEL. Dejó
el cargo de asesor legal de la MPCh, con un sueldo de casi s/4,000 mensuales,
para ir a recibir dos dietas de 700 soles cada una, como presidente del
directorio. No se le conoce ejercicio cotidiano de su profesión. Hoy, estudia una
segunda maestría, con la esperanza de quedarse tres años más en EPSEL, de
acuerdo a la nueva disposición legal sobre las empresas de saneamiento.
Otro
es Jorge Incháustegui, el arquitecto
que, sin cumplir con el perfil, fue jefe del SATCH, realizando una tarea, para
muchos aceptable. Fue presidente de la comisión que elaboró el catastro de la
ciudad, donde se gastó más de dos millones de soles, con resultados poco
positivos. Fue gerente de infraestructura, una verdadera “Cueva de Ali Babá”, y según los memoriosos, con él empieza el
“boom” de los edificios de varios pisos en nuestra ciudad, que no respetaban
parámetros, pero que contaban con aprobaciones a alto nivel que los blindaban.
Al “Chino” Incháustegui, lo empezaron a cuestionar en varios medios radiales y
una de las más famosas expresiones la acuñó Tito Ñopo: “Chino
Incháustegui, ¿dónde está la camioneta?” en alusión a algunos vehículos,
que se decía, eran propiedad del Chino y
que trabajaban en una minera en Cajamarca.
Otros
pretorianos son, sin duda, José
Bocanegra actual gerente de administración del SATCh, a quien silenciaron
por decir que se iba a construir un edificio moderno de cinco pisos con todas
las comodidades, incluso con sótano, a solo cinco millones de soles, muy por
debajo de los tres millones de dólares que pagaron por el viejo local de la
Mutual Chiclayo. César Regalado Rodríguez, abogado que fuera también jefe del SATCh y
que hoy es un supergerente. Lo es de la MPCH, de la Sociedad de Beneficencia
Pública. Preside la Comisión del Terminal Terrestre y “secreto a voces”, es el mandamás del
SATCh. Un verdadero pulpo.
También
hay que mencionar a Carlos Santa Cruz,
el “Mark Zuckerberg” de la MPCh, por
las cuentas que, según se dice, suele crear en Facebook para atacar a sus
adversarios y a los del alcalde. Ha renunciado “N” veces, pero siempre vuelve. Otro es Carlos
Mendoza, el “Chómpiras” de la gestión, que viene dando la cara y haciendo
suyo todas las irregularidades constructivas de la gestión.
Sin
embargo, y a pesar de sus esfuerzos y sacrificios, parece que el sendero por
donde transitaban cómodamente, se está cerrando. Y ya, me dicen, empiezan a
escucharse algunas voces, entre las que destaca una que ha dicho: “CAPITÁN BETO…. “SE HUNDE EL BARCO”.
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